How we met was nothing short of divine intervention. Our love story, like most new and beautiful things, began with a prayer. We prayed for patience, kindness, compassion, clarity, wisdom, and stillness — without even knowing we were praying our way toward each other. God had already written this long before we understood it. Both of us spent years becoming who we needed to be for the person we were meant to spend forever with. We learned that love isn’t about rushing, forcing, or trying to make something fit. It’s about waiting with faith. It’s about becoming the right person before asking for the right person. It’s about trusting that God’s timing is never late — it’s perfect. When our paths crossed, there was a peace that neither of us had ever felt before. There was comfort. There was home. We talked, we prayed, we laughed, we healed, we learned from each other, and we grew together through each season — slow and intentional. And in the midst of it all, God continued to show His hand in every moment… confirming what our hearts already knew. Our love is rooted in faith, strengthened by family, and built on the understanding that marriage is more than a wedding day — it’s a lifetime of choosing each other, honoring each other, forgiving each other, and continually becoming better for each other. This is a love that we plan to protect, water, and nourish forever. This is the love we want to grow old with. The type of love that remembers to pray. The type of love that builds legacy. The type of love we are grateful God trusted us with. And now… we get to share this moment with all of you — the people who have supported us, prayed for us, cheered for us, and witnessed our growth. Thank you for being a part of this chapter as we step into the rest of our lives together.
Cómo nos conocimos fue nada menos que una intervención divina. Nuestra historia de amor, como muchas cosas nuevas y hermosas, comenzó con una oración. Oramos por paciencia, bondad, compasión, claridad, sabiduría y calma —sin saber que estábamos orando para encontrarnos el uno al otro. Dios ya había escrito esto mucho antes de que lo entendiéramos. Ambos pasamos años convirtiéndonos en quienes necesitábamos ser para la persona con la que estábamos destinados a pasar la eternidad. Aprendimos que el amor no se trata de apresurarse, forzar o intentar encajar algo a la fuerza. Se trata de esperar con fe. Se trata de convertirse en la persona correcta antes de pedir a la persona correcta. Se trata de confiar en que el tiempo de Dios nunca llega tarde —es perfecto. Cuando nuestros caminos se cruzaron, hubo una paz que ninguno de los dos había sentido antes. Hubo confort. Hubo hogar. Hablamos, oramos, reímos, sanamos, aprendimos el uno del otro y crecimos juntos en cada temporada —lenta e intencionalmente. Y en medio de todo, Dios siguió mostrando Su mano en cada momento… confirmando lo que nuestros corazones ya sabían. Nuestro amor está arraigado en la fe, fortalecido por la familia y construido en la comprensión de que el matrimonio es más que un día de boda —es una vida eligiéndonos mutuamente, honrándonos, perdonándonos y convirtiéndonos continuamente en mejores personas el uno para el otro. Este es un amor que planeamos proteger, nutrir y cultivar para siempre. Este es el amor con el que queremos envejecer. El tipo de amor que recuerda orar. El tipo de amor que construye legado. El tipo de amor que agradecemos que Dios nos haya confiado. Y ahora… podemos compartir este momento con todos ustedes —las personas que nos han apoyado, orado por nosotros, animado y sido testigos de nuestro crecimiento. Gracias por ser parte de este capítulo mientras damos el siguiente paso hacia el resto de nuestras vidas juntos.