Llevábamos años en la misma congregación —sí, años— y ni una palabra. Éramos como dos personajes del mismo libro, en capítulos diferentes. Pero entonces llegó la pandemia (gracias, COVID?), y mi hermano, sin saberlo, se convirtió en matchmaker. Lo llamó para que trabajara en Morena… y adivinen quién también trabajaba allí. Sí, yo. Al principio fue raro. Nunca habíamos hablado y ahora de repente éramos compañeros de trabajo. Awkward. Pero poco a poco, entre shifts, cafecitos, y muchas conversaciones random, empezamos a conocernos. Lo que empezó como un “buenaaaas” tímido se convirtió en una amistad de esas que se sienten fáciles, lindas, seguras. Y sin darnos cuenta… los sentimientos empezaron a aparecer. Lentamente, pero constantes (y con maripositas incluidas). Y bueno, el resto es historia: nos hicimos mejores amigos, nos enamoramos, y ahora nos vamos a casar. Spoiler alert: estamos felices, emocionados y listos para este nuevo capítulo. Porque a veces, el amor llega cuando menos lo esperas… aunque haya estado ahí todo el tiempo, a unos centímetros de distancia.