Nos conocimos siendo apenas unos niños, a los trece años, en un aula de colegio. Fue un encuentro sencillo, sin grandes expectativas, pero suficiente para que nuestras miradas se cruzaran por primera vez, sin saber que Dios ya estaba escribiendo algo mucho más grande de lo que podíamos comprender entonces.
Lo que comenzó como una amistad sincera se volvió compañía, confidencia y refugio. Compartimos risas, conversaciones interminables y una historia propia de la edad, marcada por la inmadurez, pero también por la honestidad de dos corazones que estaban aprendiendo a vivir.
Con el paso del tiempo, nuestros caminos se separaron. Durante cinco años no supimos nada el uno del otro. Cada uno siguió su rumbo, enfrentando procesos difíciles, silencios necesarios y lecciones profundas. Hoy entendemos que esa distancia no fue una pérdida, sino parte del propósito.
El reencuentro llegó de manera simple y natural. Bastó una conversación, un mensaje y una invitación que nació casi como un juego. Sin darnos cuenta, volvimos a caminar, conversar y reír como antes, pero siendo distintos. Habíamos crecido y aprendido a mirar la vida con otros ojos.
Esta vez decidimos caminar con intención. Aprendimos que el amor también es paciencia, humildad y decisión. En la espera, en el reencuentro y en cada paso posterior, vimos a Dios guiándonos y recordándonos que sin Él, nada se sostiene.
Hoy celebramos lo que Dios escribió, sabiendo que en Él todo se sostiene. 🤍