"Porque el amor no siempre llega cuando lo buscamos, sino cuando el destino decide cruzar dos caminos en el momento perfecto.” Así comienza la historia de Andrea Yajaira Tovar Herrera y Andrés Sebastián Ortega Castro, una historia que, vista desde fuera, parece escrita por el destino con una delicadeza casi invisible. Era el año 2018. Andrea trabajaba en la Escuela Politécnica del Ejército y estaba a punto de emprender un nuevo capítulo en su vida: viajar a España para cumplir uno de sus sueños, estudiar su maestría. Era un día de despedidas, de emociones contenidas… de finales. Pero, como en toda gran historia, también era un comienzo. Ese último día, mientras cerraba su etapa laboral, Andrés llegó para reemplazarla. Su encuentro fue breve, casi casual: unas cuantas explicaciones, indicaciones sobre la materia y una promesa —que nunca se cumpliría— de enviarle las planificaciones por correo. Fueron solo minutos… minutos en los que ninguno de los dos imaginó que estaba conociendo a la persona que cambiaría su historia para siempre. Luego vino la distancia. Andrea partió a España y se sumergió en sus estudios; Andrés continuó su vida en Ecuador. Sin embargo, el destino, silencioso pero persistente, encontró la forma de mantenerlos conectados. Mensajes ocasionales, reacciones a fotografías, palabras sencillas que empezaron a construir algo sin que ellos lo notaran. “Qué guapa, Inge”, escribía él. “Muchas gracias, Inge”, respondía ella. Y así, entre lo cotidiano, algo comenzaba a florecer. El verdadero giro llegó con el regreso de Andrea. Fue entonces cuando Andrés decidió acercarse de verdad, conocerla más allá de aquel recuerdo fugaz. Las conversaciones se volvieron más largas, más profundas… más necesarias. Hasta que un día, después de casi dos meses, llegó la primera cita. El escenario parecía sacado de una película: la Quinta de Juan León Mera. Andrés hablaba con entusiasmo sobre la historia del lugar y de aquel importante personaje ecuatoriano. Andrea lo escuchaba con atención, fascinada por la forma en que él daba vida a cada palabra. No era solo una cita… era el inicio de una conexión. Después, un momento sencillo pero mágico: un helado compartido en el tradicional sector de Ficoa, en Ambato. Risas, miradas, silencios cómodos. Para Andrés, ese fue el instante exacto en que su corazón entendió lo que aún no se atrevía a decir: ya estaba completamente enamorado. Las salidas continuaron, cada una sumando recuerdos, complicidad y cariño. Hasta que, entre mensajes y encuentros, llegó una escena íntima y sincera: dentro de un carro, con los nervios a flor de piel, Andrés le preguntó si quería ser su enamorada. Y ella, con la certeza que solo da el corazón, dijo que sí. El tiempo hizo lo suyo. Dos años de amor, de crecer juntos, de aprender a caminar de la mano. Hasta que, en uno de los días más especiales para Andrea —su cumpleaños—, Andrés decidió dar un paso más. Con emoción y convicción, le pidió compartir la vida, formar un hogar, construir un futuro juntos. Y así, el 6 de agosto de 2021, en la hermosa ciudad de Latacunga, Andrea y Andrés sellaron su historia con un “sí, acepto”. Porque hay amores que no comienzan con grandes promesas… sino con pequeños encuentros que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en toda una vida