Edgar y yo nos conocíamos de toda la vida. Compartimos los mismos pasillos, los mismos recreos, las mismas clases. Pero todo cambió en noveno grado, cuando el destino —o quizá solo una maestra distraída— decidió sentarnos uno frente al otro. Fue ahí donde realmente empezó nuestra historia. Edgar estaba caidísimo por mí desde el primer día. Nunca se va a olvidar de cuando le dijo a Moisés, con una seguridad que solo se tiene cuando uno está verdaderamente convencido: “Ella es la indicada para mí.” Siempre trataba de tirarme indirectas, de llamar mi atención, de acercarse. Pero yo, amargada y cerrada, no me dejaba. No porque no me gustara… sino porque me daba miedo admitir que quizás, solo quizás, también sentía algo. Pasó el tiempo y, como en toda buena historia, hubo un quiebre. Dejamos de hablarnos durante un año. Un año entero de silencios, de miradas escondidas, de preguntas sin respuesta. Y fue ahí, justo ahí, donde me di cuenta de todo. Que me gustaba él, Edgar. Que en el fondo, él había estado siempre ahí. Pero ya no podía hacer nada. No hablábamos. Estábamos lejos, aunque nos cruzáramos todos los días. Luego vino sexto año. Y con él, prom. Los dos queríamos ir juntos, pero ninguno sabía cómo dar el paso. Hasta qué Edgar lo hizo. De la manera más especial, más cool, más él. Y fue en ese momento, viéndolo hacer algo tan sincero y tan hermoso solo por mí, que lo supe: he's the one for me. Y así, sin darnos cuenta, empezó nuestra verdadera historia. Una que, desde entonces, no ha dejado de crecer. Pero la vida, como siempre, nos puso otra prueba. Edgar se iba a estudiar afuera. Tuvimos miedo, claro. ¿Quién no lo tendría? Pero el amor que sentíamos era más fuerte que la distancia. Decidimos seguir. Tener una relación a larga distancia. Y aunque fue difícil, durísimo a veces, siempre creímos en nosotros. Siempre supimos que if you really want it, se puede. Que el amor de verdad resiste todo. Cinco años después, seguíamos más fuertes que nunca. Y entonces pasó lo inesperado, llegó nuestro mayor regalo: Mia Isabella. Su nacimiento lo cambió todo. Nuestro amor, que ya era fuerte, se volvió indestructible. Ahora éramos una familia de tres. Tomamos una de las decisiones más difíciles de nuestras vidas: dejar todo atrás y mudarnos a Holanda. Lo hicimos por ella, por Mia. Para darle una vida mejor, para perseguir nuestros sueños. Y aunque ha sido un camino lleno de retos, también ha sido el más hermoso. Hemos construido una vida espectacular para nuestra hija, paso a paso, con amor y esfuerzo. Hoy vivimos en Ámsterdam. Cumplimos ese sueño. Y seguimos soñando, porque la vida con Edgar siempre tiene nuevos destinos. No sabemos exactamente a dónde nos llevará el camino, pero sí sabemos algo con certeza: estamos juntos, somos felices y orgullosos de todo lo que hemos logrado. Lo hicimos… y apenas estamos empezando.