Milán. Universidad. Ella, Michelle: estudiante de diseño de interiores, con la mirada hambrienta de quien quiere rehacer el mundo habitación tras habitación. Ideas claras, estilo agudo, sueños tan grandes como un continente (spoiler: realmente lo eran). Yo, Giovanni: también en la universidad... pero del otro lado. Profesor. Elegante, culto, irresistible. Y sobre todo, como todo buen profesor, increíblemente modesto. Según fuentes casi seguras (mi instinto, que rara vez se equivoca), Michelle se enamoró a primera vista. O mejor dicho: en la primera charla sobre la arquitectura milanesa. Es comprensible. Suele pasar. La verdadera historia, sin embargo, comienza cuando termina el curso. Un aperitivo. Luego otro. Y allí, entre vasos medio llenos y frases a medias, sucede algo. No sabemos muy bien qué es, pero una cosa está clara: ninguno podía dejar de pensar en el otro. Llega el verano. Yo vuelvo a mi alegre Calabria, para sumergirme en el mar y fingir que estoy desconectado. Ella vuela a Colombia, con su familia, al otro lado del océano. Sin embargo, durante dos meses enteros, nos escribimos. Siempre. Constantemente. Obstinadamente. Esperando respuestas que llegaban seis horas después. Esperando, sobre todo, volver a vernos. Y entonces sucede. 5 de septiembre de 2021. Milán. Navigli. Bar Sugar. Michelle, armada con una cantidad suficiente de valor líquido, me besa. Ella sostiene que fui yo. Pero si has llegado hasta aquí, sé que confías en mí: no es cierto. En cualquier caso, ese beso es el comienzo de todo. A partir de ahí: viajes, mudanzas, entrevistas de trabajo, maletas siempre a medio hacer. Muchos restaurantes. Mucha música, a veces buena, a veces... discutible. Y risas. Muchas. Tantas que, sin darnos cuenta, aquí estamos. Declarándonos nuestro amor. Juntos como un equipo. Unidos como dos polos opuestos que se dan la mano. Con la mirada puesta en el futuro, los pies bien plantados en la historia que nos ha traído hasta aquí. En busca de la felicidad, con una buena dosis de arepas y cafecito.