Imagínate la escena: estábamos en el carro, tranquilos, sin nada romántico de fondo. Ni música especial, ni velas, ni nada. De repente, mi novio empieza a ponerse raro, como incómodo, y yo pensando: ¿qué le pasa ahora? Pues nada… saca una cajita del bolsillo y, sin decir gran cosa, me la extiende así, de golpe. Literalmente su “propuesta” fue algo como: “Eh… toma… ¿te quieres casar conmigo?” Yo me quedé mirándolo con cara de: ¿acaso me acabas de dar un anillo como si fuera un chicle? Obvio dije que sí, pero hasta el día de hoy me río de que mi pedida de mano fue cero Pinterest, cero romántica… ¡y cien por ciento auténtica! Así que cuando me preguntan cómo me propuso, yo contesto: “Pues… en el carro, abruptamente. Como si me estuviera pasando las llaves.”