Era agosto de 2019. Llevaba solo unos meses en España y, con mis amigas (las tres Alejandras), decidimos salir a una fiesta improvisada. No teníamos ni idea de dónde ir; buscamos en Internet y elegimos el primer lugar que nos salió en una lista y que estaba cerca de casa. Así terminamos en un bar súper cutre: una especie de cueva maloliente, repleta de gente y muy oscura, con temática de leche de pantera que salía del techo (una especie de piña colada). Todo muy raro y muy gracioso a la vez: nuestro querido Chapandaz… De repente, lo vi… Juan entró con su amigo. Iba vestido de “gala”: una camiseta naranja, una pantaloneta y chanclas de piscina (sí, chanclas en un bar 😀😀). Aun así, llamó mucho mi atención y, desde que lo vi, no pude evitar estar pendiente de él. (En su versión, él también me vio al llegar: “la chica de la blusa blanca”). Un par de horas más tarde, él y su amigo se acercaron, empezaron a hablar con nosotras y, entre risas y curiosidad, empezamos a conectar… (Su memoria no es de destacar y yo creo que por eso confabula, pero, según él, fuimos nosotras las que nos acercamos; mis amigas me ayudarán a corroborar lo fidedigno de mi historia…). Después, el dueño del lugar (amigo de Juan, por ser su bar de confianza) nos regaló unos shots y, tras asegurarnos de que ellos se los tomaran primero y que eran de fiar, seguimos la fiesta con ellos… Llegado el momento de partir, me pidió mi IG y me preguntó cuántos seguidores tenía (quería hacerse el interesante), pero gracias a eso pudo agregarme y así seguimos en contacto. Los que nos conocen saben que nuestra historia no fue continua: tuvimos varios momentos y etapas. Pero, ¿quién iba a decir que “mi mono de Madrid” terminaría siendo realmente mi futuro esposo? Mariale
Acto 1: Hogueras Todo empezó una noche de Hogueras , tres meses antes. En pleno San Juan, vi a Mariale disfrutar de todo lo que forma parte de mi vida: mi ciudad, mis amigos, mi familia… y, en cierto modo, de mí también. Verla tan feliz, tan bonita, tan ella, hizo que mi cabeza hiciera click: “Juan, tienes que pedirle matrimonio”. Solo tenía claro esto: quería que fuera en un sitio especial. Entonces me acordé de nuestro viaje a Perú de septiembre, con sus padres, para celebrar el 30 cumpleaños de Mariale. Y pensé: ahí será. Acto 2: El anillo Como buen procrastinador, no compré el anillo hasta una semana antes del viaje. Mi plan inicial era bastante simple: entrar en una tienda y decir “deme ese anillo”. Por suerte, aparecieron Pertu e Inés para evitar semejante desastre. “Confía en nosotros, te llevamos al sitio adecuado”. Lo que yo no sabía es que, al parecer, para ir a una joyería hay que ponerse guapo. Así que nos arreglamos y nos fuimos por Madrid… para descubrir que era agosto, sábado por la tarde, y que estaban casi todas cerradas. Pero yo iba decidido: sabía que, cuando viera el anillo de Mariale, lo reconocería. Y así fue. Después de bandejas, modelos y nombres que no entendía —solitario, halo, trilogy— apareció ese. Miré a Pertu e Inés. Me miraron. Sonrieron. Ya estaba: teníamos anillo. Con el anillo comprado, tocaba llevarlo hasta la otra punta del mundo. Y aquí vino una de las grandes decisiones estratégicas de esta historia: ¿dónde guardas lo más valioso que llevas en un viaje? Después de pensarlo muchísimo, elegí… mi neceser. No sé si fue brillantez o inconsciencia, pero funcionó. Lo cuidé con mi vida y el anillo llegó sano y salvo hasta Perú. Acto 3: La noche de antes Ya en Aguas Calientes, la noche previa a Machu Picchu, me di cuenta de que aún me faltaban dos detalles sin importancia: cómo y dónde pedírselo. En la habitación del hotel practiqué lo esencial: con qué rodilla se hace y un pequeño discurso que creía llevar bajo control. Solo quedaba esperar el momento perfecto. Acto 4: Machu Picchu Llegó el gran día. Yo estaba nervioso desde que abrí los ojos. Mariale, tranquilísima. Sus padres, también. Yo era un flan por dentro. Subimos a Machu Picchu, empezó la visita… y descubrí que aquello no era exactamente el escenario íntimo que yo había imaginado. Había gente por todas partes, circuitos, colas, guías… y yo solo pensaba: “¿Dónde le pido matrimonio aquí?”. De hecho, Mariale me vio tan serio y tan concentrado que luego me confesó que pensó: “Guau, Juan está conectando muchísimo con Machu Picchu, está viviendo un viaje místico”. La realidad era un poco menos espiritual: yo estaba en modo supervivencia, intentando encontrar el momento exacto para sacar el anillo sin desmayarme. Hasta que apareció. Un guía dijo: “El mejor mirador es el siguiente”. Y Mariale propuso hacernos una foto con la Polaroid. Perfecto. Era ahora. Mientras ella hacía una foto a los de delante, me giré hacia sus padres y les enseñé el anillo: “Don Hernán, Yoli: se lo voy a pedir ahora mismo”. Su reacción fue 50% pánico y 50% emoción. “¿Cómo? ¿Ahora?” “Sí. Usted, Yoli, la Polaroid. Usted, Don Hernán, el vídeo”. Llegó nuestro turno. Pero entre los nervios, la cámara estaba apagada y el vídeo sin grabar. Así que tuve que hacer una pausa técnica, encenderlo todo yo mismo… y volver a mi posición. Entonces sí. Me giré hacia Mariale, clavé rodilla —creo que la derecha— y todo el discurso ensayado desapareció. Solo me salió decir, con lágrimas en los ojos y la voz rota: “¿Te quieres casar conmigo?” Mariale, que no se lo esperaba en absoluto, me dijo “nooo”… ese “nooo” que en realidad era el sí más bonito de mi vida. Se agachó conmigo, nos abrazamos, dudamos incluso en qué mano iba el anillo, y de pronto alguien gritó a lo lejos: “¡Aplaudan!” Nos giramos y toda la cola estaba aplaudiendo, sonriendo, grabándolo con el móvil y sus padres llorando. Y yo solo pude pensar una cosa: misión cumplida, me voy a casar con la mujer de mi vida. Juan