Hay historias que se van escribiendo sin saber muy bien que lo hacen. Son pequeñas líneas de tiempo que se organizan de manera perfecta hasta dar con un resultado. Algún miércoles de Junio, Fernando decidió montarse en un avión para un viaje de menos de 12 horas a Miami solo para ir a una fiesta de Escuela de Nada (sí, así de intenso). María, aunque no tenía con quien ir (pero igual de intensa), no dejó de ir. Al verlo al otro lado del lugar, María se acercó a hablarle pretendiendo que se conocían. Fernando, por su parte, no entendió el chiste inmediatamente… pero cuando lo procesó, le dio risa. Y eso fue suficiente. El tiempo pasó y, poco a poco, entre salidas a la playa, comer en Chili’s a horas cuestionables y pequeños viajes, fueron escribiendo su historia juntos, esa misma que había empezado a tejerse sin que ellos lo supieran. Como en cualquier buena historia, hay momentos que marcan un antes y un después y que parecen confirmarlo todo: Para María, uno de ellos fue una conversación en la playa, en sus primeras citas, cuando Fernando le preguntó qué planes tenía para Navidad. Fue algo simple, pero en ese instante se dio cuenta de que él estaba pensando en un futuro con ella. Para Fernando, ver a María estudiar y trabajar al mismo tiempo, lo que parecía imposible para él, hizo que la admirara desde el principio y lo motivara a lograrlo él mismo. El 12 de abril Fernando se arrodilló. Y esta vez no hizo falta ningún chiste. Ella dijo que sí. Obviamente.