Todo comenzó un día cálido de verano, a la orilla del lago, sólo dos adolescentes disfrutando del sol y de la tranquilidad del momento. Ese día no cruzamos ni una palabra, pero la compañía fue más que suficiente. Cuando nuestras miradas se encontraron, sentí algo que hasta hoy no puedo explicar. Fue como reconocer a alguien que siempre había estado en mi vida. No se sentía como un desconocido; se sentía como casa. En ese instante supe que había algo especial, una paz y una familiaridad que me envolvieron por completo. Tiempo después, él organizó una fiesta e invitó a unos amigos, y ahí empezó todo. Esa noche platicamos por primera vez, y todo fluyó con una facilidad tan natural, como si nuestras almas ya se conocieran desde antes. Reímos, compartimos historias, y yo sentía que andaba flotando, maravillada de lo bien que se sentía estar a su lado. Un día me preguntó si alguna vez había ido a la playa o a Disneyland. Le dije que no, sin imaginar que él ya tenía en mente ser parte de esas primeras veces conmigo. Ese fin de semana se quedó grabado en mi corazón. Descubrí por qué le dicen a Disneyland el lugar más feliz del mundo, lo imposible que es quitarse la arena, y lo salado que puede ser el mar. Al atardecer de ese día en la playa, con el sol pintando el cielo de dorado, me miró y me preguntó: “¿Quieres ser mi novia?” Sentí el corazón a todo lo que daba y, sin pensarlo dos veces, le dije que sí. En mi mente pensé: a ver a dónde nos lleva todo esto. Y ahora, aquí estamos, años después, mirándonos todavía con ese mismo sentimiento familiar, preparándonos para responder una última pregunta, la más importante de todas ♡︎