Nos conocimos en Praga, como amigos, durante una fiesta. Un tiempo después, en diciembre, viajé a Londres por unos días, y justo antes de regresar a Praga, nos encontramos para desayunar. Ese encuentro cambió todo. Nos sentimos tan cómodos el uno con el otro que dijimos: “Hay algo aquí.” Durante ese diciembre hablamos poco, pero cuando volvimos de las vacaciones, las conversaciones se volvieron diarias, y desde entonces no hemos dejado de hablar. No fue amor a primera vista, ni un amor ciego. Fue un enamoramiento lento, consciente y honesto. Compartimos nuestros miedos, nuestros límites y nuestras alegrías. Descubrimos que teníamos algo muy profundo en común: nuestras heridas, y el deseo de sanarlas, de amarnos a nosotros mismos para poder ofrecer lo mejor de cada uno al otro.