Nos conocimos en el trabajo, justo un día después de su cumpleaños (el de Maria) y de su viaje a México. De la nada, yo (Carlos) me le acercó a preguntarle cómo le había ido… y ella solo pensó: ¿y este cómo sabe eso? Desde entonces, Carlos no fallaba con su “buenos días”… y Maria no fallaba en intentar evitarlo porque le ponía nerviosa. Pero entre saludos insistentes y huidas estratégicas, algo empezó a cambiar. Cuando salimos por primera vez, ella tenía un plan: citas cronometradas. (Sí, literal). Pero poco a poco, el tiempo dejó de importar. Las conversaciones fluían, las risas sobraban… y sin darse cuenta, ya no hacía falta medir nada. Entre momentos simples—como un “cásate conmigo” inesperado en un parque mientras pintaban—y otros más planeados—como la propuesta en Parkers’ Lighthouse después de que él insistiera en salir ese día—todo fue tomando su lugar. Tomó mis manos y me dijo: “sé que sabes lo que está por pasar, pero quería hacerlo bien.” Se arrodilló y me pidió matrimonio. Y justo después… el lugar quedó vacío, como si el mundo se hubiera detenido solo para nosotros. Lo que empezó con nervios y curiosidad, se convirtió en una relación llena de risas, complicidad y mucha espontaneidad. Donde ser uno mismo es lo más fácil, y donde siempre sacan lo mejor del otro. Porque al final, más allá de coincidencias… ambos creen que todo llegó en el momento correcto. Y aquí están, comprobándolo.