Nuestra historia comenzó en un lugar especial: la Casa de Convivencia en Santo Domingo, República Dominicana. El primer día que Claudia llegó a aquel lugar, nuestras miradas se encontraron por un instante. Fue breve, casi silencioso, pero suficiente para que quedara guardado en algún rincón del corazón. En aquel tiempo, Claudia estaba viviendo un año de experiencia vocacional, mientras que Ezequiel trabajaba allí. Compartíamos el mismo espacio, los mismos pasillos y las mismas oraciones… pero nunca cruzamos palabras. Sin embargo, aunque nosotros no lo sabíamos, Dios ya estaba escribiendo nuestra historia. Durante ese tiempo, Él fue sanando nuestras heridas, preparando nuestros corazones y guiando nuestros caminos en silencio. Pasaron tres años. Un día, Ezequiel, con el corazón lleno de preguntas, se puso en oración frente a la Virgen de la Altagracia, en un Encuentro Vocacional. Le pidió con sinceridad que le mostrara su vocación: si Dios lo llamaba al sacerdocio o a formar un matrimonio santo. Fue una oración profunda, hecha con el alma abierta y la esperanza de una respuesta. Ese mismo día, casi como un susurro del cielo, al entrar a Instagram apareció una foto de Claudia. Entonces decidió escribirle un mensaje sencillo: “Hola, hermanita”. Claudia respondió con amabilidad, sin imaginar lo que Dios estaba comenzando a mover en ese momento. Minutos después, Ezequiel hizo una pregunta que cambiaría el rumbo de ambos: “Hermana, ¿usted desea un matrimonio santo o quiere ser sierva?” Aquella pregunta sembró una intriga en el corazón, pero también abrió la puerta a algo nuevo. Desde ese instante comenzó a nacer una historia que no fue obra del azar, sino del amor de Dios guiando cada paso. Y desde entonces, Él ha seguido escribiendo nuestra historia día a día, llevando nuestros caminos hacia el mismo destino: caminar juntos, tomados de Su mano, hacia un Matrimonio Santo, con la certeza de que esta historia no la escribimos nosotros… la escribió Dios.