Nos conocimos gracias a la intuición y el cariño de la mamá del novio y la tía de la novia, quienes, casi como si el destino les susurrara al oído, coincidieron en que estábamos hechos el uno para el otro. Comenzamos hablando por teléfono; entre risas tímidas y largas conversaciones nació una conexión que crecía con cada llamada. Sin embargo, fue al mirarnos por primera vez cuando comprendimos que aquello era más que afinidad: era amor. La chispa fue tan intensa que decidimos comenzar nuestra historia a la distancia. No fue sencillo, pero cada kilómetro nos enseñó que cuando el sentimiento es verdadero, no hay espacio que lo debilite. Al contrario, la espera, la paciencia y la ilusión hicieron que nuestro vínculo se volviera más fuerte, más profundo y más nuestro.