Era un sábado común, uno de esos días en los que me dedicaba a poner en orden todo para la semana: limpiaba el apartamento, iba al gimnasio y preparaba la comida. Ya había terminado todo lo que tenía que hacer y estaba listo para descansar, cuando mi teléfono sonó. Era un buen amigo llamándome para contarme que después de un día largo en el trabajo quería que fuéramos a un club a tomar algo y relajarnos. Yo, sinceramente, no tenía ganas de salir, pero él insistió varias veces y, al final, acabó convenciéndome. Así que le dije que sí. Me arreglé y nos dirigimos a un club llamado Cuba Libre. Al principio todo iba bien: pedimos unos tragos, charlamos sobre la vida, el trabajo, y demás. La música era buena y el ambiente era divertido y lleno de energía. Tras un rato, decidimos acercarnos a la pista de baile y algunas chicas nos invitaron a bailar con ellas. Fue entonces cuando miré hacia la izquierda y a lo lejos, en una esquina de la pista, vi a tres chicas. Dos de ellas eran blancas, pero había una más morena, con rasgos latinos, en el centro, bailando entre las otras dos. Algo en ella me llamó la atención. Le dije a mi amigo que nos moviéramos hacia ese lado de la pista, donde estaban ellas. A medida que nos acercábamos, la chica del centro y yo nos miramos. No fue una mirada cualquiera ni una de amistad, sino algo más cargado. Eso me intrigó aún más, así que, sin pensarlo demasiado, me acerqué y la invité a bailar. Ella aceptó sin dudarlo, y desde ese momento, no paramos de bailar. Mientras bailabamos, nos presentamos y comenzamos a conocernos más. Entre paso y paso, nuestras miradas seguían llenas de curiosidad, como si ambos estuviéramos ansiosos por saber qué nos pasaría esa noche. De repente, el DJ cambió la música a una bachata más lenta, y la cosa se puso seria. Me acerqué a su oído y le susurré: "Oye... ¿qué tengo que hacer para probar esos labios?". Ella sonrió, y pensé: "Ok, me va a mandar a volar", pero en cambio me miró con cara de "Que pasado es este tipo… pero me gusta". En el primer intento no pasó nada, decidí no ser demasiado arriesgado, pero al final, tras un par de canciones más, le robé un beso. Y wow, ¡qué beso! Sentí cosquilleos en el estómago. Y así, entre más besos robados, risas y mucho baile, llegó el momento de irnos, ya que el club estaba por cerrar. Nos intercambiamos los números de teléfono y, por supuesto, quería seguir viéndola. La había pasado increíble esa noche. Pues resulta que al día siguiente se iba a Jacksonville, y por cosas del destino, yo estaba trabajando a solo 30 minutos de donde ella vivía. Entonces nos quedamos en contacto y seguimos hablando durante la semana, organizando un encuentro para vernos. Cuando finalmente llegó el día, fuimos a un restaurante, tomamos y comimos, y una vez más, la pasamos genial. Al principio, estábamos un poco tímidos, pero poco a poco nos fuimos conociendo más en profundidad. Compartimos historias familiares, personales, y yo me sentí cada vez más a gusto. La verdad, me estaba gustando mucho más, y en mi cabeza pensé: "Tiene un gran potencial, podría ser mi novia. ¡Quién sabe! Tal vez hasta futura esposa."
Todo comenzó cuando dos de mis amigas y yo decidimos pasar un fin de semana en Orlando, principalmente con el único propósito de bailar salsa. ¿Por qué Orlando? Clubs latinos. ¿Por qué salsa? Porque acababa de enseñarles a bailar salsa a mis amigas y teníamos que ponerlo a prueba. En fin, recordé que había un club de salsa llamado Cuba Libre al que solía ir en Filadelfia y, sorpresa, también tenían una sede en Orlando. Así que, naturalmente, les dije a mis amigas: "Vamos a Cuba Libre. Fin de la discusión." Avancemos hasta la noche del sábado. Todas nos arreglamos y nos dirigimos a Cuba Libre, donde rápidamente nos subimos a la pista de baile, armamos nuestro propio círculo y, por supuesto, empezamos a mover las caderas. Mientras bailábamos, vi a un chico guapo entrando. Pensé: “Vaya, está guapo”, pero no le presté mucha atención. Quiero decir, estaba bailando con mis amigas. Un poco después, vi a una multitud reunida alrededor de alguien en el centro de un círculo, animándolo. ¿Y quién era? Sí, el chico guapo. Déjenme decirles, este tipo sabía bailar. Estaba rompiendo corazones y sudando al mismo tiempo. Pero yo me concentraba en mi propio círculo y seguí bailando, porque, obviamente, no soy tan fácil de distraer. (Bueno, tal vez sí estaba un poco distraída). Pasó un tiempo y lo vi de pie al lado con una bebida en la mano, tomando un descanso. Debe haber sentido mi intensa mirada de admiración, porque se dio vuelta y me miró. Y, claro, yo le di el clásico "mirada de arriba a abajo" (les juro que es un reflejo), y luego me giré casualmente. Hasta el día de hoy, él insiste en que esa mirada fue una invitación para que se acercara entonce que yo di el primer paso. Quiero decir, tal vez lo fue. O tal vez solo estaba revisando si su camisa estaba un poco ajustada. ¿Quién sabe? No mucho después, él y su amigo se acercaron a nuestro círculo y, cuando le tocó entrar al centro, hizo una línea directa hacia mí. Me agarró, me metió al círculo y nos pusimos a bailar. Al final de la noche, habíamos pasado horas bailando, conversando y riendo; prácticamente la receta perfecta para una noche memorable. Pero aquí está el giro: justo antes de que la noche terminara y yo pensara: "Bueno, eso es todo", él mencionó casualmente que era de Orlando, pero que estaba en Jacksonville por su última semana de trabajo (qué coincidencia, yo vivo allí!). Así que cuando encendieron las luces y yo me estaba preparando mentalmente para no verlo nunca más, me soltó: “Oye, si te apetece, podríamos cenar en Jacksonville alguna noche de esta semana.” Yo pensé, "Bueno, no suena como la peor idea del mundo," así que le dije que si y intercambiamos números. Más tarde esa noche, debería decir, por la mañana ya que era tan tarde, me llamó solo para asegurarse de que habia llegado bien a casa (tal vez me sonrojé un poco por el gesto). La semana siguiente, vino a recogerme con flores en la mano—flores, para que lo recuerden—y fuimos a comer comida mexicana. Hablamos, reímos y esa cita se convirtió en otra, y otra más. Y con cada minuto que pasaba, no podía evitar pensar: "Oh no, me estoy enamorando de este chico venezolano guapo."