We met through a series of beautifully fortunate events. Unknowingly, we had been living just one train stop away from each other — yet somehow, we first crossed paths at Syracuse University. I first saw her on Instagram with full-heart eyes after I found out she was going to my college. But when I saw her in person, it felt like a spotlight found her in a crowded room. Everything else blurred, dimmed, disappeared. She wasn’t just beautiful, she was radiant. In that instant, I felt a certainty I couldn’t explain: one day, she’s going to be my wife. I didn’t know how. I didn’t know when. I just knew I had to get closer to her. Close enough to learn the sound of her laugh. Close enough to know what made her eyes light up (food). Close enough that maybe she would see me the way I saw her. I don’t remember that moment the way he does, but I will never forget sophomore year. The day I saw him step off the bus, I can still picture it so clearly. I remember thinking he was the most handsome man I had ever seen. I’m a lady, so I wasn’t outwardly pursuing him… but ALL my friends knew I was obsessed. Meanwhile, he was shy and too nervous to ask me out. Five months later, on February 14, 2018, a single anonymous flower arrived at my doorstep. No name. No explanation. Just a quiet, beautiful gesture. I had no idea it was from him. I wasn’t even sure he liked me. But the next day, our mutual friends confirmed what my heart had secretly hoped all along — it was him. After months of silent crushes and missed timing, we finally started dating. On May 16th, we made it official. What began with a mystery bloom grew into something steady, intentional, and undeniable. Now, eight years later, that once-anonymous flower is still blooming — carrying us into our next chapter as we say “I do.”
Nos conocimos gracias a una serie de eventos afortunados. Sin saberlo, vivíamos a solo una estación de tren de distancia, pero nuestros caminos se cruzaron por primera vez en la Universidad de Syracuse. La primera vez que la vi fue en Instagram, con los ojos llenos de corazones, después de enterarme de que iba a estudiar en mi universidad. Pero cuando la vi en persona, sentí como si un reflector la hubiera encontrado en medio de una sala llena de gente. Todo lo demás se volvió borroso y desapareció. No era solo hermosa, era radiante. En ese instante sentí una certeza que no podía explicar: algún día, ella va a ser mi esposa. No sabía cómo. No sabía cuándo. Solo sabía que tenía que acercarme a ella. Lo suficiente para aprender el sonido de su risa. Lo suficiente para saber qué hacía brillar sus ojos (la comida). Lo suficiente para que tal vez ella me viera como yo la veía a ella. Yo recuerdo haberlo conocido en nuestro segundo año el primer día de orientación. Lo vi bajar del autobús y pensé que era el hombre más guapo que había visto. No lo perseguí abiertamente, pero TODOS mis amigos sabían que estaba obsesionada. Él, tímido y nervioso, aún no se atrevía a invitarme a salir. Cinco meses después, el 14 de febrero de 2018, llegó a mi puerta una sola flor anónima: sin nombre, sin explicación, solo un gesto silencioso y hermoso. No sabía que era de él, ni siquiera estaba segura de que le gustara… hasta que al día siguiente, nuestros amigos en común confirmaron lo que mi corazón ya sospechaba: era él. Después de meses de enamoramientos silenciosos, finalmente empezamos a salir. El 16 de mayo lo hicimos oficial. Lo que comenzó con una flor misteriosa creció en algo sólido, intencional e innegable. Ocho años después, esa flor anónima sigue floreciendo, llevándonos hacia nuestro próximo capítulo mientras decimos “Sí, acepto.”