En un caluroso verano en las colinas de Los Ángeles, entre bandejas de jalá dorada y montañas de platos por lavar, nos conocimos en la cocina de JCA. Entre órdenes gritadas, playlists de reggeatón y los sabores de pollito de Shabat, fuimos cocinando algo más que comidas para cientos de niños: miradas que se alargaban, sonrisas que sabían a postre, y roces de manos entre tazones de ensalada de frutas. Para el final del verano, sabíamos que lo nuestro no era solo temporal.