No nos elegimos exactamente al principio… nuestros hermanos lo hicieron por nosotros. De niños, siempre nos estaban juntando mientras nuestros hermanos mayores se iban a jugar videojuegos. Claudia siempre estaba lista para jugar, feliz de tener a alguien con quien pasar el rato. Marcos, en cambio, llegaba como si fuera una obligación, claramente deseando estar en cualquier otro lugar. Pero, sin falta, a los pocos minutos algo cambiaba. La resistencia desaparecía, la risa tomaba su lugar y podíamos pasar horas perdidos en nuestro propio pequeño mundo. Pero como suele pasar, la infancia se fue desvaneciendo poco a poco. La vida se volvió más grande, más ocupada, y cada quien siguió su propio camino. No nos mantuvimos en contacto, no realmente. Más bien, nos convertimos en personajes secundarios en la historia del otro: nos enterábamos de nuestras vidas por medio de amigos, coincidíamos en uno que otro momento importante y apenas intercambiábamos unas cuantas palabras antes de volver a separarnos. Así pasaron los años. Versiones enteras de nosotros mismos llegaron y se fueron sin que el otro estuviera ahí para verlas. Y entonces, de alguna manera, la vida nos volvió a cruzar. Nuestros caminos se encontraron otra vez a mediados de nuestros veintes, esta vez por casualidad… o quizá por algo un poco más intencional que eso. Él empezó a llegar—después del trabajo, los fines de semana—solo para convivir con el grupo. Al principio era fácil, familiar de una manera lejana, y entonces pasó algo inesperado: empezamos a elegirnos. Lo que antes era algo a lo que nos “obligaban” se convirtió en algo que esperábamos con ilusión. Las conversaciones se hicieron más largas, la risa más natural, y ese mismo ritmo de la infancia regresó. Solo que esta vez, no había duda. Solo calidez y conexión. Y en algún punto del camino, sin que ninguno de los dos supiera exactamente cuándo pasó, la amistad se transformó en algo más profundo. Si le hubieran dicho a nuestros yo de niños—dos pequeños que juntaban casi a la fuerza—que algún día estaríamos uno al lado del otro, frente a todas las personas que amamos, prometiendo un para siempre, no lo habríamos creído. Pero ahora, al mirar atrás, parece que nunca fuimos realmente extraños, sino dos personas que solo necesitaban tiempo para crecer dentro de la historia que siempre nos estaba esperando.