Nos conocimos entre códigos, exámenes y cafés fríos en la Facultad de Derecho. Aunque nuestros caminos apenas se cruzaron al principio de la carrera, fue en el último año cuando la vida decidió que ya era hora de que realmente nos encontráramos. Un día, en plena crisis de matrícula, terminé convirtiéndome en el héroe inesperado de Vero, guiándola entre clases, electivas y decisiones que parecían de vida o muerte. Desde entonces, aunque no lo admitiéramos, ambos comenzamos a sospechar que algo especial se sentía cada vez que interactuábamos. Cuando comenzamos a trabajar juntos en el Consejo de Estudiantes, empezó una etapa de colaboración, risas, debates… y un descubrimiento mutuo: estábamos hechos el uno para el otro. Estudiamos juntos para la reválida, la aprobamos juntos y, sin darnos cuenta, también empezamos a aprobar cada capítulo que la vida nos ponía enfrente. César, sociable y encantado de conocer a todo el mundo; Yo, más reservada y observadora. Juntos encontramos el balance perfecto: la armonía que ha hecho de nuestra relación algo sólido, auténtico y lleno de confianza. Hoy, con el corazón lleno de gratitud y la ilusión más grande, celebro que aquel tímido encuentro en la Facultad fue el inicio de la historia que ahora nos lleva al altar.