Me siento movido a compartir un relato que ha transformado profundamente mi existencia y que, por ende, considero de gran importancia. En una mañana de abril, en la primera clase de Redacción de Textos Discursivos, mis ojos se posaron por primera vez en la encantadora Claudette. La vi, en toda su sencillez, vestida con unos jeans y una blusa de un suave color morado, presentándose ante la clase con una confianza que desbordaba. Recuerdo que al declarar con firmeza que "soy cristiana y que danzaba ballet", me percaté de que había algo singular en ella, algo que la diferenciaba de cualquier otro ser que hubiera conocido hasta ese momento. Aquella misma jornada, el destino quiso que nos uniera una actividad grupal, y allí estaba ella, me toco hacer grupo con la "niña cristiana". Su manera de comunicarse era vivaz; compartió anécdotas sobre su desayuno de yuca con huevo, un relato que, aunque sencillo, revelaba la autenticidad de su carácter. En ese instante, comprendí que había hallado una amistad que prometía ser tanto enriquecedora como única. A medida que compartíamos más momentos, nos convertimos en los mejores amigos. Nuestras rutas se cruzaban con frecuencia en el campus, y disfrutaba cada instante de su compañía. Sin embargo, con el tiempo, algo insólito comenzó a florecer en mi corazón. Su rostro, con su sonrisa encantadora, se colaba en mis pensamientos sin aviso, despertando en mí preguntas que antes jamás me había formulado: "¿Acaso me estoy enamorando de Claudette?". Pasaron más de un año y, el 21 de noviembre de 2014, mientras nos encontrábamos en un cubículo de estudio, el ambiente de lo habitual se tornó inusitado. Mientras nos preparábamos para una sesión de estudio para su examen de Estadística, algo en el aire nos hizo olvidar nuestros libros. Fue entonces cuando ella, con una audacia inesperada, formuló la pregunta que cambiaría nuestro rumbo: "¿Yo te gusto?". Al escuchar sus palabras, mi mente se detuvo, incapaz de concebir una respuesta adecuada. La sorpresa me invadió, y, tras un breve silencio que se sintió eterno, mis labios, guiados por una verdad que no podía ocultar, susurraron un "sí". Aquella sencilla pregunta y su respuesta de dos letras marcaron el inicio de un viaje maravilloso que nos llevará a nuevos horizontes el próximo 21 de diciembre.